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Diez clientes, diez carpetas y un informe trimestral que se fabrica a mano en un procesador de textos. El cliente llama para preguntar si firmó algo, cuándo era la reunión y qué entra en su iguala; las tres respuestas están en la cabeza de alguien.
Tu logotipo, tu color, tu nombre al pie. El cliente ve su cumplimiento al día sin pedirte un informe, y tú dejas de ser el cuello de botella de cada pregunta.
Defines planes reutilizables con cupos —dos consultas al mes— y se los asignas. El cliente ve «te queda 1» antes de pedir, y la tercera sale marcada como facturable aparte antes de solicitarla. Se acabó la discusión al llegar la factura.
El cliente solicita, tú fijas alcance y precio, él firma con segundo factor. Queda constancia verificable: no repudia, y no hace falta perseguir un PDF por correo.
Publicas el horario de tus profesionales y el cliente reserva el hueco libre. Sin ida y vuelta de correos para encontrar un martes.
El documento que tu cliente lleva a su consejo o a una licitación, emitido por ti y comprobable por un tercero. Antes eran dos horas por cliente y trimestre.
No hay que activarlas todas. Cada una funciona sola y todas comparten el mismo expediente: lo que se registra en una cuenta en el estado de las demás.
Configúrelo en dos minutos y verá la cifra exacta, en su moneda y con la implantación ya descontada.